...EN ELLA ENCONTRARAS LA HISTORIA DE UNA CIUDAD EN INVESTIGACIONES PROFESIONALES Y MINUCIOSAS REALIZADAS POR SU CREADOR LIC. ANTONIO J. SALDIVIA LANDAETA

lunes, 4 de abril de 2011

Historia de de la fundacion de la ciudad de El Tocuyo



DE EL TOCUYO... A LA CIMARRONERA

antonio saldivia




Son cuatrocientas reses que salen de El Tocuyo, un día del año 1560 con destino al Nuevo Reino de Granada.

Caminos fragosos de los antiguos indígenas, han sido acondicionados en partes para el paso del Conquistador.

El Tocuyo, fundado en 1545 aumentaba su población con los quehaceres de su incipiente industria. Los telares ocupaban puesto de privilegio por la calidad de sus telas. La ganadería fue traída de Santo Domingo a Coro y al Tocuyo, luego a los valles de la cordillera y finalmente a los Llanos, llevado por Cristóbal Rodríguez.

La ruta seguida era de “Trujillo y la de Mérida al pie de las Sierras Nevadas, la villa de San Cristóbal y la ciudad de Pamplona. Pasaban dentro del Estado Táchira, por el valle de La Grita y el de San Bartolomé”.

Fray Pedro Simón dice: “Antes y el año 1560 ya pasaban ganados procedentes de Trujillo y Mérida por tierras de La Grita en busca de San Cristóbal y de allí a esta ciudad de santa Fé, por Pamplona”. Este tránsito de ganado permite que el mismo historiador diga en 1625: …en los valles donde también se cría algún ganado mayor, aunque por ser restrechos no tanto como en las tierras más extendidas, si bien hay la bastante para sustentarle”.

Oviedo y Baños en Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela dice: “En la parte que llamamos Tierra Firme… valles tan deleitosos, que en continuada primavera divirtiendo con su amenidad, convidan con su frescura dehesas y pastos, tan adecuados para cría de ganados de toda especies, principalmente del vacuno, que es excesivo su multiplico; y el cabrio abunda tanto en las jurisdicciones de Maracaibo, Coro, Carora y El Tocuyo, que beneficiadas las pieles enriquece a sus vecinos el trato de los cordobanes; crianse caballos de razas tan excelentes, que puedan compartir con los chilenos y los andaluces, y mulas cuantas bastan para el trajín de toda la provincia”.

Los españoles trajeron a esta provincia reses mayores y menores; vacas, yeguas, caballos, terneros, ovejas y cerdos. En 1546, en El Tocuyo que como ya se ha visto fue la primera capital de esta provincia, había 100 caballos, 200 yeguas, 300 vacas, 500 ovejas y muchos cerdos. En 1547 el gobernador Pérez de Tolosa envió a su hermano Alonso a que buscara un camino para exportar ganado a la vecina provincia de Nueva Granada, la que hoy llamamos Colombia. En 1553 pastaban en las dehesas tocuyanas “más de tres mil vacas, 1.000 caballos y yeguas, más de 12.000 ovejas y mucha cantidad de cabras y puercos” (Pablo Perales, Geografía Económica de Venezuela).


Cristóbal Rodríguez, residente en El Tocuyo, había entrado con Federmman al Nuevo Reino desde El Tocuyo y sabía la gran utilidad que podía derivarse del comercio de ganado. Su dictamen fue acogido por Pérez de Tolosa y fue el primero en introducirlo en Santa Fé.

Aún cuando no se puede hacer la descripción del camino de antaño que el ganadero Pedro Villarroel siguió conduciendo las manadas de ganado, sólo se sabe que atravesaron los estados mencionados.

Considerando las jornadas largas y penosas para los animales y obreros, no se descartaban los peligros, las emboscadas y asaltos de los indios.

En las noches, los animales entonaban en sus bramidos un canto extraño y fantástico.

Se diría que era la queja inmemorial de la vida, el lamento viejo como el mundo, el gemido de la tierra en un abismo de siglos que envolvía el mismo origen de las cosas.

La aurora radiante y calmosa en el firmamento presenciaba el desfile sugestivo del ganado que emprendía nuevas jornadas.

El paso por las comunidades indígenas era vigilado con prudencia. Los soldados en sus caballos con arcabuces y espadas, los peones y los perros se preparaban para el duelo a muerte.

Algunas tribus que aún conservaban su independencia acechaban con malévola intención el paso de las caravanas por sus dominios.

Tal sucedió con los Bailadores, que, desde el primer choque contra los españoles en 1558 montaron un servicio de vigilancia para atacar a los viajeros, desprevenidos. Ya estas tribus junto a los Mocotíes, Murmuquenas y otras se consideraban Motilones.

Errantes por las cumbres y bosques, se volvían más pre-históricos soñando a la vera del fuego en el temple de sus armas o en las cosas primitivas de cuando la piedra en su confusa añoranza era la defensa secular.

El sonido de el tambor alertaba el paso del ganado. Como un grito familiar resonaba la llamada. En tanto, el sol se alzaba en el horizonte por sobre aquellas tierras vírgenes el lúgubre tañido rompía la quietud hasta perderse en la lejanía.

En las praderas de La Grita reinaba una calma fantástica. Cada árbol inmóvil y mudo como una estatua de piedra servía para proteger la ruda jornada, penosa y agotadora.

Recurrimos a Fray Pedro Simón, quien dice textualmente: “Entre los demás que frecuentaban estos caminos con estos tratos antes y el año de mil quinientos sesenta, fue un Pedro Villaroel, que tenía por granjería de meter estos ganados”.

De La Grita, el camino nacional se remonta hasta las Lagunetas. Sigue por la Cuesta de los Calabozos conocida como Cuesta de Pernía, todavía se llama así, en recuerdo de Andrés de Pernía, quién fue muerto a flechazos por los indios.

En este sitio ocurrió lo inesperado. Brutalmente la paz de esa comarca se desgarró en gritos y en una confusión espantosa. Acometida recia y brutal sufrieron los guardianes del ganado. Como loca jauría, la masa aulladora disparaba una lluvia de flechas. El ganado huía en desbandada, perdiéndose entre lomas y montañas de la verde cordillera. Sólo dos soldados, el uno vizcaíno llamado Gamarra, se salvaron de las emboscadas preparada por los indios Bocaqueas, Seborucos y Omuquenas.

Por el cauce del río El Valle pudieron escapar ocultándose en una cascada. La oscuridad era su aliada. Tres días después dieron aviso a las autoridades de San Cristóbal, la recién fundada Villeta. El Alcalde salió con 30 soldados y se unió con el Capitán Francisco de Cáceres. Ambos contaron 50 y la expedición hizo un escarmiento entre los indígenas de la región.

Hay quienes aseguran que el ganado disperso remontó las cumbres y se convirtió en cimarrón, bravío, montaraz y salvaje, hablando de animales como lo señala don Lizandro Alvarado.

No se puede negar que en las alturas de La Cimarronera, pequeña sierra con algunos picos notables, superiores a los 3.500 metros, que forman el macizo central tachirense y enclavada en el Distrito Jáuregui, el “conjunto de ganado y vuelto montaraz, en sitios apartados y fragosos”, dejó su nombre entre sus bramidos seculares. Bravíos e indómitos, aquellos animales consolidaron una ocupación para quienes regaron con sudor de sacrificio la naturaleza venezolana.



Laguna La Bobo. (Páramo La Cimarronera)
Bibliografía:

1.- Noticias Historiales de Venezuela. Fray Pedro Simón.

2.- Geografía del Táchira. Marco Aurelio Vila.

3.- Geografía Económica del Estado Táchira. Pablo Perales F.

4.- Archivo General de la Nación.

5.- Archivo Particular. Ana Manuela Paz de Pulido

2 comentarios:

  1. Muy buenos días este artículo es del Profesor Horacio Moreno, gran historiador del Táchira, me parece una falta de respeto no citar al autor y la fuente

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  2. Este artículo fue tomado en su totalidad del Blog: Riobobense el carpintero de la montaña azul y lo grave es que no cita a su autor el profesor Horacio Moreno, dicho artículo aparte esta publicado en la Revista del Centro de Historia de la academia de Historia del estado Táchira

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