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LIC. ANTONIO J. SALDIVIA LANDAETA



miércoles, 7 de septiembre de 2016

Alcides Lozada y su vida a la lucha contra la dictadura desde El Tocuyo ,,y su reclusion en el Castillo de Puerto Cabello

Alcides Lozada


    Entre los presos del Castillo de Puerto Cabello y la vida, se alzaban en forma insolente unos muros sombríos, un largo y macabro brazo del mar sembrado de tiburones hambrientos, el portón erizado de bayonetas y los tentáculos diabólicos de la policía política de Juan Vicente Gómez.
Alcides Lozada era un intelectual larense, revolucionario y poeta de exquisita inspiración. Desde la fatídica cárcel "Las Tres Torres", el General Eustoquio Gómez, Presidente del Estado Lara, lo envió amarrado al castillo junto con oficiales y tropas de la gabaldonera. La travesía la hicieron en vagones acondicionados del Ferrocarril Bolívar hasta la población de Tucacas.


      En el pequeño puerto falconiano, los prisioneros bajo fuertes custodias fueron conducidos abordo de un barco de la Marina de Guerra conocido como el "José Félix Ribas". Atados entre sí, formando una cadena humana los colocaron en la cubierta del buque congestionando los pasillos en el agotador viaje por el golfo de aguas turbulentas en tiempos de pleamar.
Después de cuatro horas de duro navegar, el viejo cascarón enrumbó su proa al canal para atracar al costado del muelle de la Planchita. En este lugar redoblaron la guardia y tomaron mayores medidas de seguridad, mientras la fila humana arrastraba sus rotas alpargatas por la vía que parecía interminable hacia el penal.

Alcides Lozada no soportó el duro cautiverio en el calabozo del Rastrillo. Era un hombre de extraordinaria sensibilidad. El brutal comportamiento de los carceleros, agudizado en lucha feroz contra todo aquello que representara peligro a sus amos, minó su débil fortaleza física para convertirlo aherrojado y humillado a los grillos sesentones, en triste despojo, en un guiñapo humano.
El poeta cuyos versos encendieron luces en las tardes barquisimetanas, para el disfrute del hermoso paisaje de sus crepúsculos, sintió la presencia de la muerte una noche del mes de julio de 1930, a la misma hora cuando las rejas del calabozo repicaban los cerrojos de seguridad para la última canción del día.
    Los compañeros de celda del moribundo solicitaron a gritos la presencia de los guardias para quitarles los pesados grillos y todo fue inútil. Arriba, paseando tranquilamente sobre las murallas, con un viejo Máuser al hombro y un sombrero tapándole el sereno, un centinela ocupaba su tiempo en mirar el horizonte. Nadie escuchó o fingieron no escuchar las voces que rompieron la quietud del presidio.
Al siguiente día, cuando la corneta anunciaba el toque de diana y la Bandera Nacional subía al tope del mástil, entraron los carceleros al calabozo donde el cadáver del poeta yacía tirado sobre una cobija que manos amigas colocaron en el sucio piso.
A golpe de cincel y mandarriazos cortaron los soportes de las barras, para dejar en libertad plena al ilustre larense en su viaje sin retorno a la eternidad

Copilado del libro -"DIALOGO CON LOS MUROS" de Miguel Elias Dao

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