...EN ELLA ENCONTRARAS LA HISTORIA DE UNA CIUDAD EN INVESTIGACIONES PROFESIONALES Y MINUCIOSAS REALIZADAS POR SU CREADOR
LIC. ANTONIO J. SALDIVIA LANDAETA



miércoles, 4 de junio de 2014

El Telemaco y la emigracion Canaria a Venezuela

EL viajes del "Telémaco"  es el único del que existen algunas fotos como testimonio gráfico y también es conocido por las décimas que sobre su viaje escribió el poeta Manuel Navarro Rolo, nacido en 1907 en Valle del Gran Rey (Isla de Gomera) y  que fue uno de los 171 pasajeros que el 9 de agosto de 1950 se embarcaron en Valle Gran Rey en el citado barco, estas cincuenta décimas forman un  poema épico de una parte de nuestra historia por muchos olvidada. De las cincuenta décimas solo voy a poner tres de ellas bastante significativas

En Taganana embarcó
el Piloto sin ultraje,
el que en este mismo viaje
su nombre inmortalizó,
por lo bien que se portó
demostrando su aptitud.
Náutico de pulcritud
no serás puesto en olvido,
Martín Pérez fue nacido
en el Puerto de la Cruz .

El Piloto no tenía,
ya que tanto fue su empeñó,
del terreno más pequeño
datos de la Geografía,
carta de mar no traía
este joven navegante,
sin tener un comprobante
latitud en que se encontraba
porque el barco no llevaba
corredera ni sextante.

Puso rumbo al Occidente,
es que creía palpable
más los vientos favorables
para ir al Continente

hallar brisas competentes,
nunca procela intención;
creyendo una aberración,
se promovieron disputas,
por ser aquélla la ruta
del Almirante Colón.


También Angel Suarez Padilla escribió un libro sobre este viaje, en su portada se puede ver una de las fotos de la travesía en que se ver lo hacinados que iban los pasajeros
Para conocer un poco como fue este viaje nada mejor que conocer una parte de la entrevista que realizó Daniel Millet a José Chinea, otro de los pasajeros del "Telémaco"

¿Por qué se fue a Venezuela?
- Vivía en Valle Gran Rey. Tenía 31 años. En las calles se escuchaba que se estaba organizando un viaje para Venezuela. En aquel tiempo la vida era imposible en Canarias. Sólo salías adelante si tenías un terrenito donde sembrar y cuidar animales. Encima, había circunstancias que lo complicaban todo. Yo estuve siete años, desde los 18, en el Ejército y el bando franquista me llamó para ir al frente en la Guerra Civil. Estuve en el Ebro. Fue muy duro. Uno pisaba sobre los muertos. Entré muchas veces en combate.

¿Cómo era aquella Canarias?
Daba miedo. La juventud ahora no podría imaginar cómo era aquello. En mi familia escapábamos más o menos porque teníamos unos terrenitos. Se trabajaba de sol a sol y casi todo el mundo estaba relacionado con la agricultura, la ganadería o la pesca. Yo mismo bajaba a la costa en busca de pescado. La comida se daba por raciones. Me acuerdo que los cereales venían de Argentina y se pasaba hambre. Luego me casé y no había forma de mantener a toda una familia. Por eso me embarqué en el Telémaco.

¿Cómo lograron que el Telémaco eludiera los controles?
El alcalde, Salvador Casanova, estaba puesto por Franco, pero él colaboró y un hermano, Jaime, fue uno de los organizadores. Es que en el pueblo éramos una familia y nos ayudábamos unos a otros. En el pueblo lo sabía todo el mundo, pero nadie dijo nada por temor a que se enterara la Guardia Civil. Se dio la casualidad de que el gobernador civil estaba esos días en La Gomera preparando una visita de Franco. Pero Salvador, que sabía lo que estábamos tramando, se lo llevó a comer a Arure para evitar que nos viera. En Valle Gran Rey estaba fondeado un barco de guerra. Nosotros nos hicimos a la mar y esperamos a ver cómo el de guerra pasaba para San Sebastián. Por silbos nos avisábamos de que venía la Guardia Civil o algo iba mal. Los guardias no se enteraban, aunque decían que ya había empezado la telefonía sin hilo.

¿Cuánto pagó?
5.000 pesetas. Era mucho dinero teniendo en cuenta que al día lo más que se ganaba eran siete. Me las prestó un hermano. El que no tenía dinero ponía una vaca, un cochino, papas o lo que fuera. A los animales los mataban allí mismo, en el muelle, y se subían a bordo. Yo embarqué en San Sebastián el 5 de agosto de 1950. Me acuerdo perfectamente. Estaba en casa y me fueron a avisar de que salía el barco. Con la misma, me fui para allá. Sólo llevaba una maletita con unos andrajitos: un pantalón, una muda y más nada. Apenas me dio tiempo de despedirme. Dejé a mi mujer con una hija de dos años. El barco siguió camino cogiendo gente de Agulo, Valle Gran Rey o Hermigua. Y a continuación se fue a Taganana, Tenerife, a buscar al capitán. El capitán quería meter a más gente, pero llegan a dejarlo y no llegamos a Venezuela. Iba tan lleno el barco que te asomabas en la cubierta con un cacharrito y cogías agua. El capitán volvió a tierra y no lo vimos más.

¿Iba con algún permiso?
Ni yo ni nadie. Íbamos sin nada.
¿Cómo fueron los primeros días?
Íbamos tranquilos. Había agua, alimentos y esperanza. Hubo hasta parrandas. Recuerdo que uno de los temas que sonó fue Allá en el rancho grande y canciones así, de la época. Yo no tocaba ningún instrumento ni cantaba. La tranquilidad permaneció hasta que se terminó el combustible No duró muchos días. Entonces, tuvimos que ir a vela, como Cristóbal Colón. Luego vino el temporal. Fue terrible. Perdimos todo lo que había en cubierta: agua, papas, gofio, carne... Las barricas del agua se soltaron pues estaban causando problemas. Se terminaron rompiendo. Recuerdo que había un pastor, Isidoro, que lo pasó especialmente mal. Estaba todo el rato mareado. En la bodega se refugiaron los que cabían, que no eran todos. Pero luego se fueron sumando los que caían a ella por el temporal. No vi nunca nada igual. El huracán llegó por la noche y duró hasta la mañana. Olas, truenos, relámpagos, lluvia... La gente, abajo, pegaba la boca a la madera para coger algo de agua.

¿Dónde estaba usted?
Lo pasé en cubierta. Me ofrecí voluntario a colaborar. No podía estar de pie, porque si no terminaba en el agua. Aguantaba los cabos, retiraba obstáculos, echaba una mano en lo que fuera... Mira que pasamos hambre después. Comíamos gofio que había quedado con gusanos. Hubo gente que mezcló el gofio con agua salada. Yo no tuve esa necesidad porque como iba de ayudante de la tripulación me tocaba un poco más de ración de agua que los pasajeros.

En medio de todo apareció un petrolero español. ¿Les ayudaron?
Sí, el Campante, pero se apartaba cuando nosotros nos intentábamos acercar. Nos dijeron por megafonía que no nos acercáramos y nos indicaron dónde estábamos. Después de la tormenta, quedamos a la deriva. Nos dijeron que fuéramos a Barbados porque era la tierra más cercana. Pero, algunos dijeron que a Barbados no porque eran islas inglesas y nos devolverían a España. La otra opción era Martinica. Hubo una sublevación. Pero, uno de los momentos cumbres se produjo cuando vimos tierra y llegamos a Martinica. Estábamos desesperados y aquello fue tremendo. Nos dieron comida y nos trataron muy bien. Era la primera vez que muchos veíamos a negros. Y se volcaron con nosotros.

¿Cómo los recibieron en Venezuela?
A todos los que llegábamos nos acusaban de comunistas. Eso se los había dicho Franco. En el fondo, no les faltaba algo de razón, porque la mayoría huía de alguna manera de la dictadura. México, tenía simpatías con los republicanos españoles y llegó a reclamarnos. A Venezuela no le quedó más remedio que aceptarnos. Algunos, al llegar a La Guaria, saltaron al puerto para escapar de las autoridades. Muchos volvieron. Nos habían aconsejado que no nos fugáramos. Sólo detuvieron y metieron en la cárcel de Caracas a los marineros. Yo escapé porque a pesar de que les había ayudado, no formaba parte de la tripulación. Me llevaron como a los demás a la isla de Orchila, donde guardaban el ganado en cuarentena.

¿Cómo lo pasaron en Orchila?
Allí había que comer en la costa: lapas, burgados, pescado... Así escapamos. No nos tenían encerrados. Es que no hacía falta que nos vigilaran; no había por donde escapar. Dormíamos donde ponían al ganado, en el suelo y sobre paja. A parte, una vez en semana venía un barco a traernos comida. No estábamos sólo los del Telémaco. Había canarios de otros barcos que habían llegado poco antes que nosotros. Seríamos más de trescientos o cuatrocientos de todas las Islas. Recuerdo a los palmeros del Anita o a los grancanarios del Doramas. Estábamos repartidos en distintos pabellones, todos con las mismas ropas con las que habíamos partido. En mi barco nadie se quedó desnudo, pero por respeto a la muchacha, a Teresa, la única mujer a bordo. Estuvimos allí más o menos un mes. Un día nos vinieron a visitar del gobierno venezolano y nos preguntaron a qué nos dedicábamos. Buscaban agricultores. Entonces fue cuando nos llevaron al Trompillo, al que llamaban hotel de emigrantes, que eran en verdad barracones, para que nos arreglaran los papeles. Y de ahí pasamos a cortar caña a la Central Matilde.
Cuentan que no se adaptaron a las técnicas de corta caña.
Es el trabajo más malo que he hecho en mi vida. No duré más de una semana. Encima de las duras condiciones, nos cobraban tres bolívares diarios por la comida. Nos pagaban una miseria. Hubo un momento en que nos dieron un dinero y cada uno se fue a donde quiso. Yo me fui a Caracas, luego a La Guaira a dar con un concuño mío. Él me consiguió un trabajo en un bar. En el mismo bar dormía y comía. Estuve quince días sin cobrar una perra. Me quedé dos o tres meses y empezaron a pagarme. Entonces, me fui a dar a Caracas con un hermano mío, Antonio, que también vino en el barco y que no aguantó ni un sólo día en la Central Matilde. Él pobre Antonio ya falleció.

¿Qué hizo entonces en Caracas?
Allí me asenté. Me puse a trabajar en una estación de servicio hasta que volví a Canarias. Vine en el 55 en un barco italiano. Regresé al poco a Venezuela, pero ya con mi señora. Ya ahí sí tenía permisos y hasta pasaporte. Dejé aquí a una hija con mi cuñada. En esa segunda ocasión, estuve hasta el 68, trabajando siempre en la estación de servicio. Lo intenté también durante un año en Uruguay, pero allá se ganaba poco. Volví a Venezuela, donde no nos fue mal, cogí unas perritas, me vine para Tenerife, compré un taxi y hasta que me jubilé.

¿Mantiene contacto con los otros supervivientes?
No. Bueno, el otro día llamé a uno que era marino, pero estaba enfermo. Vive por Tíncer, aquí en Tenerife. Ya no quedamos muchos. Cada uno se buscó la vida por su cuenta. Ninguno se hizo millonario, que sepa. Éramos trabajadores. Se ganaba poco, pero los ahorritos se incrementaban cuando volvías por el valor del bolívar. Tuve dos hijos más en Venezuela.

¿Cómo ve la llegada actual de africanos a Canarias en idénticas circunstancias a aquellas?
No critico que vengan ellos. Ahora están mal y hacen lo mismo que hicimos nosotros. Es que a Venezuela fueron barcos y barcos con canarios, todos cargados hasta los topes.


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